VIVIR PARA CONTARLA
…Me hastiaban las clases, salvo las de literatura –que aprendía de memoria– y tenía en ellas un protagonismo único. Aburrido de estudiar, dejaba todo a merced de la buena suerte. Tenía un instinto propio para presentir los puntos álgidos de cada materia, y casi adivinar los que más interesaban a los maestros para no estudiar el resto. La realidad es que no entendía por qué debía sacrificar ingenio y tiempo en materias que no me conmovían y por lo mismo no iban a servirme de nada en una vida que no era mía. Me he atrevido a pensar que la mayoría de mis maestros me calificaban mas bien por mi modo de ser que por mis exámenes. Me salvaban mis respuestas imprevistas, mis ocurrencias dementes, mis invenciones irracionales. Sin embargo, cuando terminé el quinto año, con sobresaltos académicos que no me sentía capaz de superar, tomé conciencia de mis límites. (...) La verdad sin adornos era que me faltaban ya la voluntad, la vocación, el orden, la plata, y la ortografía para embarca...